Cuando tenía nueve años, celebramos las fiestas patrias todavía en la casa de Pudahuel y se decidió jugar rayuela entre todos. Lo pasamos súper bien. Y, al día siguiente, le dije a mi mamá que jugáramos todos otra vez, pero no fue entretenido. Le pregunté que por qué y me dijo ‘porque ningún día es igual a otro’.
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